¿Visión de ingeniero o visión de abogado?

Alex Wagemann Abogado - Director de Wagemann & Cía. - Abogados e Ingenieros
Alex Wagemann F.     Abogado – Director de Wagemann & Cía. – Abogados e Ingenieros

Hace algunas semanas atrás tuve la oportunidad de participar en México como expositor en la reunión anual del Centro de Arbitraje de la Industria de la Construcción. Junto con tener el privilegio de compartir con importantes especialistas en gestión de contratos de infraestructura a nivel internacional, con algunos de los cuales ya nos unen relaciones de amistad, me llamó nuevamente la atención un fenómeno que aún se mantiene en toda Latinoamérica, consistente en el profundo divorcio, todavía existente en el mundo de los proyectos, entre la visión del ingeniero y la visión del abogado.

Para ser justos con los ingenieros, creo que en esta oportunidad los abogados son mayormente responsables de esta situación, puesto que, a mi juicio y, salvo casos excepcionales, pretendemos definir un marco normativo (muchas veces exagerado) sin salir de la confortabilidad de nuestras oficinas y, peor aún, sin conocer la naturaleza de lo que se está regulando.

En resumen, el fenómeno es el siguiente: la empresa le encarga al abogado la redacción de las bases y el modelo de un contrato de obras civiles y montaje de un chancador primario. El abogado no acostumbra ir a terreno, por lo cual no conoce las particularidades de la zona en que los trabajos serán ejecutados, las características de una obra civil, las facilidades de aporte del mandante para insumos básicos tales como energía, combustible, agua industrial, telecomunicaciones, las distancias hacia los botaderos o empréstitos, o las posibles interferencias si el trabajo es un brownfield. ¿Qué hace entonces? Desarrolla la regulación normativa del contrato sin tomar en consideración los aspectos técnicos, pues no los comprende, redactando las cláusulas en función de criterios más bien económicos y, distribuyendo, en consecuencia, a la otra parte, todos los riesgos que no conoce y/o que no puede prever. De esta manera, aparecen cláusulas como aquella que indica que, aun cuando la responsabilidad de la ingeniería es del mandante, el contratista deberá ejecutar a su costo todos los trabajos necesarios que la lógica o viabilidad del proyecto reclamen, aun cuando no estén expresamente indicados en los planos; o bien, que la oferta del contratista no es parte del contrato y que sólo podrá ser usada de referencia, pero no será obligatoria o vinculante para el propietario, entre otros casos que podría mencionar.

Normalmente los ingenieros de proyectos, o bien, los administradores de contrato, se ríen de estas cláusulas, declarando que, en el terreno, no resultan aplicables. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que, aguas abajo, cuando el conflicto se produce, a lo primero que se echa mano es precisamente a estas disposiciones. Y entonces surgen, más vivas que nunca, las diferencias de visión entre el abogado y el ingeniero. Mientras el primero privilegia la aplicación del contrato, sosteniendo que la realidad debe necesariamente ser interpretada y ajustarse a este instrumento, el ingeniero insiste en que esa misma realidad de las obras escapa a cualquier camisa de fuerza contractual y que, aun cuando el contrato pueda decir una determinada cosa, para hacer justicia verdadera, es necesario revisar permanentemente lo que se convino en su momento entre las partes.

Después de 20 años en esto, no tengo una respuesta que permita resolver esta diametral diferencia de visiones. Sin embargo, hay algo que puedo asegurar: cuando el abogado entiende de lo que escribe, los contratos funcionan mejor; y cuando el ingeniero comprende que los contratos lo comprometen cuando los firma, se preocupa de ser más cuidadoso al analizar sus riesgos. Espero que en el futuro tengamos más abogados involucrados en la industria de la construcción y, por lo tanto, conociendo mejor sus códigos, como también, ingenieros y constructores preocupados de ser formales en sus compromisos y comunicaciones contractuales. Podría suceder que, como consecuencia de ello, la productividad  termine finalmente mejorando por la vía menos pensada.

Post Author: Fabiola Garcia Sanders