Un nuevo concepto para nuestro léxico

Giorgio Piaggio Vicepresidente Técnico del Comité de Túneles y Espacios Subterráneos de Chile, entidad coordinada por CDT
Giorgio Piaggio, vicepresidente Técnico del Comité de Túneles y Espacios Subterráneos de Chile, entidad coordinada por CDT

Es común que, a lo largo de cada periodo económico o social especifico, surjan conceptos que resuman de alguna forma las estrategias y expectativas de la industria ante las condiciones vigentes. Por ejemplo, durante el fin de la década pasada, cuando la industria minera se encontraba en su apogeo, se escuchaba la palabra asertividad en cada seminario, charla o publicación que buscara capacitar a los líderes del momento. Hoy en cambio, como fiel reflejo del estado de dicha industria, hay dos conceptos que son mencionados una y otra vez. Estos son la productividad y la innovación.

Respecto al concepto de productividad, este se invoca cada vez que se discute cómo enfrentar la baja del precio del cobre, apuntando a que un aumento en productividad resulta por lo general en un aumento de la producción, con los mismos o menores recursos productivos. Pareciera ser que poseyendo más para vender, y considerando un precio bajo, se lograría mantener, por lo menos en parte, el nivel de recursos económicos generados por las ventas.

Sin embargo, la producción de un bien o servicio asume implícitamente la expectativa de que existe alguien que lo comprará. Si el precio de mercado me entrega una utilidad razonable, el negocio es atractivo. Cuando el precio baja, uno se acerca a su límite económico. Esta baja del precio puede ocurrir por varias razones, sea debido a una disminución de la demanda o por una mayor competencia causada por la entrada de nuevos actores al mercado. En el caso particular de la industria del cobre, la demanda de países clave se ha reducido. Como reacción a esto, se genera un frenesí por la productividad, tratando que las ventas de una mayor cantidad de productos y ojalá a menor costo, ayuden a mantener el negocio sustentable. Sin embargo, ¿cómo se garantiza que esta sobreproducción será vendida, si la demanda ha bajado? La consecuencia lógica de un sobrestock es una disminución adicional del precio, por lo que esta sobreproducción debe hacerse de manera controlada. Existe pues, un riesgo de que el nivel de ventas no se mantenga. Este mecanismo de economía de escala, se denomina estrategias de segundo orden, puesto que su foco directo está en el precio.

Para poder aumentar la productividad, además se incluye un otro concepto ya acogido con fuerza en el vocabulario de la industria: la innovación. Se dice de ella que fomenta la optimización de procesos y recursos, descubre ineficiencias y en consecuencia, hace más barato producir, por lo que con el mismo monto de inversión disponible antes de innovar, ahora puedo producir más. No obstante, la innovación por lo general se enfoca en estructuras ya armadas, con procesos de larga data ejecutándose de la misma manera y enfrentándose con la cultura propia de la compañía, representada en los empleados que la componen. Intuitivamente, se aprecia una inercia muy grande como para esperar resultados al corto y aún al mediano plazo. Por mientras, la industria sigue sufriendo las consecuencias de la contracción de la economía.

El mensaje que me gustaría transmitir en esta columna, es un llamado a la importancia de que la industria se enfoque en la aplicación de estrategias, denominadas estrategias de primer orden.

Las estrategias de primer orden, a diferencia de las de segundo orden, enfocadas en el precio del producto, se centran al contrario en la demanda: ¿Cómo incentivarla de manera que aumente el precio? Es decir, el enfoque va dirigido hacia algo más profundo dentro de la industria: las preferencias, los intereses, las necesidades. Para esto, es necesario hablar de un concepto muchas veces rechazado y dejado de lado: la investigación.

La investigación dentro de la industria permite desmenuzar el producto, llevarlo hacia su origen y descubrir cómo es concebido. Es rastrear los orígenes de cómo hacemos las cosas y por qué. Es tratar de encontrar los fundamentos que hagan razonable el estado actual de las cosas. Recorriendo ese camino, se encontrará que no todo proviene de un proceso lógico, que el orden de las cosas no lo ha dictado la optimización. Y es esperable que así sea. Si no, no hablaríamos de innovar y de mejorar la productividad.

La investigación es eminentemente científica y práctica. Ocupa las ciencias del saber y las aplica en la práctica para encontrar un nuevo punto de partida, o vice-versa. En nuestro caso, las ciencias de la ingeniería deben ser ocupadas como instrumentos que permitan encontrar soluciones alternativas y que sean aplicables a las necesidades de la industria.

Para los lectores de esta columna, probablemente le ocurriría argumentar que: “la investigación se demora incluso aún más que la innovación en alcanzar un resultado satisfactorio”. Es cierto. O quizás también podría señalar: “la investigación la hacen centros universitarios con estudiantes que poco o nada saben de la realidad del negocio”. También concedido. Sin embargo, el beneficio de la investigación, y su valor agregado, es que éste permite construir de manera sostenible una  nueva vía de hacer las cosas, desde cero. Y casi siempre, la investigación abre mercados insospechados. Einstein nunca se imaginó que su teoría de la relatividad, tanto especial como general, sería la base de una industria millonaria como la del posicionamiento global o GPS. Otro comentario que podría hacerse: “pero es Einstein, guardemos las proporciones”. Efectivamente, llevémosla a nuestro territorio.

Un ejemplo: en la industria de túneles, el paso de excavación convencional (perforación y tronadura, excavación secuencial) a mecanizada (máquinas TBM) representó un cambio completo de pensar la excavación de túneles. Prototipos de máquinas fueron realizadas ya en el siglo XIX,  siendo la primera excavación mecanizada exitosa en los años 50. A partir de ahí, el desarrollo de las TBM y todos sus productos asociados han permitido generar un mercado de equipos, insumos y suministros totalmente nuevo. Hace más eficiente la excavación de túneles largos, por ejemplo, mejorando las condiciones de seguridad y aumentando la productividad de las labores de excavación. Y la investigación en su campo no ha parado por eso. Se ha logrado optimizar gradualmente los requerimientos de energía requerida para excavar, mejorado el diseño del cabezal de corte, los materiales de los cortadores, los gatos hidráulicos que generan el empuje, los productos químicos que se inyectan, se ha fomentado la utilización de hormigón prefabricado y la inclusión de fibras. Todo a partir del deseo de partir de cero pensando mi producto: un túnel.

De esta forma, ¿qué podemos hacer para aumentar la demanda y no tan sólo acomodarnos al precio? ¿Cómo hacer nuestros productos indispensables, necesarios? ¿Cómo crear nuevas opciones de uso, diversificando nuestros productos? Propongo la investigación. Según datos publicados por el Banco Mundial, los países con mayor diversificación de industrias y coincidentemente con un alto estándar de vida, son los que invierten más en investigación y desarrollo, respecto del PIB. En promedio, el mundo alcanza un 2%. Chile, con datos hasta el 2013, no alcanzaba el 0.5% (1).

La investigación puede ser básica (a nivel de ciencias), aplicada y/o experimental. No existe fórmula para decidir cuál ejecutar, dependerá de la estrategia de cada productor. Abrir las puertas a pensar diferente lo que hacemos cada día, a que los inversionistas no pierdan el interés en nuestros productos y servicios, disminuyendo la demanda, si no que la aumenten, es el objetivo. En ese instante, estaremos aumentando la productividad e innovando, aún sin hablar de ello.

(1) http://data.worldbank.org/indicator/GB.XPD.RSDV.GD.ZS/countries?display=graph

Post Author: Fabiola Garcia Sanders